Blog de Raúl García

lunes 02 / 06 / 2025

Lo local, en este contexto, se convierte en un laboratorio privilegiado para imaginar y poner en práctica nuevas formas de relación social y sostenibilidad. No como una escala menor, sino como el lugar donde la política vuelve a tener rostro, donde las soluciones se construyen desde la proximidad y con sentido de pertenencia.


Contra el “sálvese quien pueda”: la comunidad como futuro

Contra el “sálvese quien pueda”: la comunidad como futuro

(Publicado en el Canarias7 el 2 de junio de 2025)

Vivimos tiempos de desorientación moral y fragmentación social. El individualismo, convertido en dogma, ha debilitado los lazos que nos sostienen como sociedad. La narrativa dominante —que atribuye el éxito solo al esfuerzo individual— encubre desigualdades y justifica privilegios. La meritocracia, presentada como una promesa de justicia, funciona muchas veces como un mecanismo de exclusión sofisticado.

Esta forma de entender la realidad se ha visto reforzada durante décadas por modelos económicos que nos reducen a seres racionales, aislados y maximizadores de beneficio. Paul Samuelson, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, popularizó esta visión en sus manuales. La economía pasó a centrarse en decisiones individuales dentro de mercados impersonales, ignorando por completo la dimensión ética, social y ecológica de nuestras vidas.

Hoy, sin embargo, muchas voces reclaman una mirada distinta. Antara Haldar, profesora en la Universidad de Cambridge, propone recuperar el pensamiento de Aristóteles como antídoto frente a esta crisis de sentido. En su artículo Cómo Aristóteles puede salvarnos publicado en Política Exterior, defiende que ha llegado el momento de rescatar una idea más completa del ser humano: no como ente aislado, sino como ser profundamente social.

Haldar no recurre a Aristóteles como un adorno académico, sino como una brújula ética para nuestro tiempo. El filósofo griego entendía que una vida plena —una vida buena— solo es posible cuando participamos activamente en la vida de nuestra comunidad. No florecemos compitiendo aisladamente, sino conviviendo, cooperando y cuidándonos mutuamente.

by RichardsDrawings via Pixabay

Ese mismo espíritu inspira propuestas contemporáneas como la economía del donut de Kate Raworth, que pone la vida en el centro: una economía pensada para respetar los límites del planeta y garantizar condiciones de vida dignas para todos. El crecimiento sin más deja de ser el objetivo; lo importante es asegurar el bienestar compartido.

También la política debe repensarse desde la comunidad. Michael Sandel y Thomas Piketty, en su reciente diálogo Igualdad. Qué es y por qué importa, cuestionan el mito meritocrático y denuncian su impacto en la cohesión social. Sandel alerta de que esta lógica erosiona la empatía al convertir el éxito en una supuesta prueba de virtud y el fracaso, en culpa. Piketty, por su parte, señala cómo las élites disfrazan de mérito lo que en realidad son privilegios heredados. Ambos coinciden en que necesitamos otro modelo de justicia, donde lo común y lo colectivo vuelvan a ser centrales.

Estas ideas no se quedan en la teoría. En Gran Canaria, por ejemplo, están tomando cuerpo en proyectos que promueven la participación ciudadana y el cuidado compartido del entorno. Las comunidades energéticas no solo buscan eficiencia, sino devolver a la ciudadanía el control sobre un recurso clave como la energía. Transforman el consumo en una experiencia democrática que refuerza los vínculos sociales.

Lo local, en este contexto, se convierte en un laboratorio privilegiado para imaginar y poner en práctica nuevas formas de relación social y sostenibilidad. No como una escala menor, sino como el lugar donde la política vuelve a tener rostro, donde las soluciones se construyen desde la proximidad y con sentido de pertenencia.

El Proyecto Horizon Natalie es un buen ejemplo de esto. Más que ejecutar acciones puntuales, Natalie apuesta por cocrear soluciones con la ciudadanía. Actualmente, en Maspalomas, está trabajando en el diseño de un sistema urbano de drenaje sostenible (SUDS) para prevenir inundaciones y mejorar la resiliencia ambiental de la zona. Todo el proceso se plantea desde la colaboración entre vecinos, expertos e instituciones, lo que fortalece la autonomía local y el compromiso comunitario con el entorno.

También en el ámbito energético, el proyecto del Salto de Chira representa una oportunidad relevante. Más allá de su importancia técnica como infraestructura de almacenamiento, su verdadero valor está en lo que puede simbolizar: un paso hacia un sistema energético más renovable, más democrático y más descentralizado. Si el almacenamiento se gestiona con beneficios claros para la población, puede convertirse en una herramienta de empoderamiento ciudadano y no solo en una obra de ingeniería.

Frente al “sálvese quien pueda”, estas experiencias apuntan a un “salvémonos juntos”. La recuperación del espíritu comunitario no es una nostalgia, sino una urgencia. Reivindicar lo común es hoy una forma de resistencia y, sobre todo, de esperanza. Y es desde lo local, con su capacidad de articular cercanía, confianza y acción colectiva, donde ese futuro más justo, más humano y verdaderamente sostenible empieza a construirse.

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