En este contexto, empieza a cobrar sentido hablar de un neofeudalismo contemporáneo. No es que vuelvan los castillos, es que el poder se fragmenta y los territorios dejan de ser comunidades políticas plenas para convertirse en piezas de un engranaje. Ya no importa tanto quién eres, sino si ocupas un nodo útil. La soberanía, esa vieja palabra, está dejando paso a la utilidad.
Gran Canaria está en el camino correcto. Las medidas que estamos implementando no solo buscan frenar los efectos del cambio climático, sino transformar nuestro entorno para hacerlo más resiliente, más justo y más habitable para todos. El futuro que queremos para 2025 es posible gracias al compromiso de cada persona, cada comunidad, cada empresa y cada institución. No hablamos solo de adaptarnos al presente, sino de construir un modelo que inspire a otros territorios: una ecoisla que protege lo que la hace única, que apuesta por la innovación y que cuida de su gente y su biodiversidad.
La reelección de Trump es una advertencia. No solo amenaza la democracia estadounidense; plantea un desafío a la comunidad internacional para tomar medidas de inmediato. En el ámbito climático, los esfuerzos deben intensificarse para mantener la lucha contra el cambio climático sin el respaldo de una potencia clave. Las democracias modernas también necesitan reforzar sus “anticuerpos” contra la manipulación digital. Sin una regulación adecuada, las redes sociales continuarán operando sin filtros ni control, permitiendo que el odio y la desinformación circulen sin consecuencias.
La ciencia está con los ODS y eso hace que, al menos en parte, podamos tener esperanzas en que aguanten los embates de la extrema derecha global. Desde mi punto de vista, el reto está en ofrecer una visión más práctica, tangible e inclusiva del desarrollo sostenible. Por eso es tan importante integrar la Agenda 2030 en las políticas públicas, en el sector privado y en la sociedad civil.