(Publicado en el Canarias7 el 10 de junio de 2026; Foto de portada: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:The_White_House_-_54409534772.jpg )
En el año 2004, en el marco del Fórum Universal de las Culturas de Barcelona, tuve la ocasión de escuchar a Ronald Inglehart mientras presentaba su famoso Mapa de Valores del Mundo. Su tesis era tan influyente como atractiva: a medida que las sociedades ganan en seguridad económica y existencial, se desplazan gradualmente desde los valores tradicionales y de supervivencia hacia la autonomía individual, la igualdad y la autorrealización. Al reducirse la incertidumbre material, disminuye la necesidad de buscar protección en las estructuras religiosas que durante siglos aliviaron el desamparo. España, que pasó en apenas dos generaciones de un catolicismo omnipresente a una sociedad plural y abierta, parecía confirmar su teoría de manera casi ejemplar.

Imagen tomada de: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Inglehart_Values_Map.svg
Hoy, sin embargo, la visita del papa León XIV a Canarias encierra una paradoja que nos obliga a plantearnos una duda incómoda, y que probablemente dice mucho más sobre nuestra época que sobre la propia religión.
Es un hecho que España es una de las sociedades más secularizadas de Europa. La práctica religiosa disminuye desde hace décadas, especialmente entre las generaciones más jóvenes, y la influencia cotidiana de la Iglesia ocupa un lugar incomparablemente menor al que tuvo durante buena parte del siglo XX. Sin embargo, la llegada de un papa continúa siendo capaz de movilizar a miles de personas, alterar agendas institucionales, generar una atención mediática arrolladora y abrir conversaciones que trascienden ampliamente el ámbito de la fe.
La explicación más inmediata sería pensar que la secularización nunca fue tan profunda como parecía o que, en el fondo, seguimos siendo una sociedad religiosa bajo una apariencia moderna. Sin embargo, la cuestión es otra y mucho más interesante: tal vez la religión esté perdiendo su peso institucional sin que desaparezcan algunas de las funciones esenciales que históricamente desempeñó. Porque una sociedad puede dejar de creer sin dejar de necesitar comunidad.
El error más frecuente ha sido interpretar la religión exclusivamente como un sistema de creencias sobrenaturales, olvidando que durante siglos fue la gran herramienta para organizar la vida colectiva. Proporcionaba lugares de encuentro, redes de apoyo mutuo, reconocimiento social, vínculos entre generaciones y una narrativa compartida sobre el significado de pertenecer a un colectivo. La asistencia a una parroquia no implicaba únicamente participar en una ceremonia litúrgica; significaba, sobre todo, ocupar un lugar reconocible dentro de un mundo compartido.
Cuando estas estructuras se debilitan, no desaparecen únicamente determinados dogmas; también se desmoronan las certezas de la pertenencia. Y aquí emerge uno de los fenómenos más reveladores de nuestro tiempo. Con frecuencia se presentan las llamadas políticas de la identidad como una novedad asociada exclusivamente al género, la inmigración o determinadas reivindicaciones culturales. Pero la realidad es que toda sociedad necesita organizarse alrededor de identidades compartidas. Durante siglos, esos marcos de referencia fueron relativamente estables: la religión, la familia, la comunidad local, la nación o la clase social ofrecían el mapa desde el cual interpretar el mundo y reconocerse dentro de él.
Esas identidades se fueron desmoronando en las últimas décadas y probablemente nunca habíamos vivido en sociedades tan libres, formadas y secularizadas, pero, tampoco, tan atravesadas por la polarización política, la desconfianza institucional y la dificultad para construir consensos básicos.
Si la secularización debía conducirnos hacia democracias más racionales y estables, ¿por qué asistimos simultáneamente al auge del populismo o la extrema derecha, a la fragmentación del espacio público y a una creciente sensación de desorientación colectiva? Quizás porque este proceso debilitó las respuestas tradicionales, pero dejó intactas las preguntas fundamentales.
La modernidad fue ampliando los espacios de libertad individual, pero no eliminó una necesidad profundamente humana: el ansia de pertenecer. Lo que desaparecieron fueron las instituciones que históricamente canalizaban ese impulso. Por eso observamos una tendencia que merece atención: cuanto más individualistas se vuelven nuestras sociedades, más intensamente parecen buscar nuevas formas de comunidad. La identidad reaparece constantemente, ya sea en el apego al territorio, en causas ambientales, en comunidades digitales, en movimientos culturales o en formas renovadas de religiosidad. No somos menos identitarios que antes; probablemente lo somos más que nunca, pero nuestras identidades actuales son múltiples, inestables y fragmentadas.
Esta reflexión ayuda a comprender algunos fenómenos políticos recientes. En sus trabajos posteriores, el propio Inglehart intentó explicar por qué determinadas corrientes populistas y nuevas derechas avanzaban precisamente en algunas de las regiones más desarrolladas del planeta. Su conclusión fue que una parte del malestar contemporáneo no puede entenderse únicamente desde la economía, sino como una reacción cultural frente a la pérdida de referentes comunes. Muchas personas perciben que el mundo cambia demasiado rápido, que las instituciones tradicionales se diluyen y que los espacios donde antes encontraban reconocimiento y estabilidad se debilitan más deprisa de lo que tardan en aparecer nuevas formas de cohesión.
Las imágenes de líderes políticos rodeados de pastores evangélicos o el creciente protagonismo de determinadas iglesias en América Latina reflejan precisamente esta transformación. No expresan un retorno de la fe en sentido clásico, sino algo más complejo: la búsqueda desesperada de comunidad, reconocimiento y pertenencia allí donde el resto de las instituciones parecen haber perdido su capacidad de acogida.
Quizá por eso Canarias introduce una reflexión especialmente sugerente. Hace apenas dos meses, durante la Cumbre Global de Islas Sostenibles celebrada en Gran Canaria, escuché al profesor maltés Godfrey Baldacchino defender una idea aparentemente sencilla, pero de profundas implicaciones: las islas no son solo territorios rodeados por el mar; son comunidades donde la interdependencia resulta más visible. Mientras la modernidad nos acostumbra a pensar en términos cada vez más individuales, la experiencia insular recuerda constantemente que compartimos límites, recursos y destinos. El agua, la energía, la vivienda o el paisaje dejan de ser simples cuestiones de gestión para convertirse en asuntos relacionados con la propia continuidad de la comunidad. Quizá por eso las islas conservan una enseñanza especialmente valiosa para nuestro tiempo: que ninguna sociedad puede sostenerse únicamente sobre individuos autónomos y que toda libertad necesita, en última instancia, algún tipo de vínculo colectivo.
Ahí reside la verdadera paradoja que encierra la llegada del pontífice a las islas. No asistimos al retorno de la fe tradicional, sino a la constatación de que, incluso en una sociedad profundamente secularizada, seguimos buscando espacios donde reconocernos como parte de algo común. Al final, la gran cuestión política del siglo XXI ya no es en qué creemos, sino cómo seguimos construyendo un 'nosotros'.
