Quizá haya llegado el momento de que Canarias cuente también con una estrategia propia de electrificación, complementaria a sus objetivos de renovables y descarbonización. Una estrategia capaz de fijar metas concretas para el transporte, el turismo, el agua, la industria y las administraciones públicas.
Quizás la mayor lección de este momento histórico sea que la transición ecológica no es solo un reto tecnológico. Es, ante todo, una transformación cultural, institucional y económica. Y eso nos obliga a alinear la ciencia, la innovación y las políticas públicas hacia metas compartidas.
Este Día Mundial contra el Cambio Climático quiero reivindicar el papel de las instituciones locales. Somos quienes enfrentamos las olas de calor, los incendios y las lluvias torrenciales. Quienes restauramos, educamos y acompañamos
Gran Canaria lo tiene todo: aguas profundas ideales, un puerto preparado, la PLOCAN como banco de ensayos y el Salto de Chira como batería insular. Con estos activos, podríamos ser una plataforma atlántica de energía limpia, generar empleos locales verdes y diversificar una economía demasiado dependiente del turismo. Pero sin voluntad política, todo quedará en papel mojado. Y aquí quiero ser claro: no habrá transición energética real en Canarias, ni mucho menos descarbonización, sin eólica marina. El sol y las cubiertas no bastan. Pero las oportunidades no vienen solas: hay que saber aprovecharlas. Y eso exige una actitud proactiva, valentía política y visión de futuro.
No son casos aislados; es un fenómeno global. Como recordaba recientemente The Guardian, Donald Trump llegó a llamar a la ciencia climática “un gran engaño” y “pura mierda”. Esas palabras, lanzadas con desprecio, se multiplican millones de veces en redes sociales gracias a bots y granjas de trolls. Detrás hay algo más serio: alianzas entre industrias de combustibles fósiles y think tanks conservadores que buscan sembrar dudas justo donde se toman las decisiones.
Gran Canaria está en el camino correcto. Las medidas que estamos implementando no solo buscan frenar los efectos del cambio climático, sino transformar nuestro entorno para hacerlo más resiliente, más justo y más habitable para todos. El futuro que queremos para 2025 es posible gracias al compromiso de cada persona, cada comunidad, cada empresa y cada institución. No hablamos solo de adaptarnos al presente, sino de construir un modelo que inspire a otros territorios: una ecoisla que protege lo que la hace única, que apuesta por la innovación y que cuida de su gente y su biodiversidad.