(Imagen superior: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Diagram_of_Principle_Power%27s_WindFloat.jpg)
Mientras Trump se aferra a las fósiles y China convierte las renovables en arma de poder global, Europa acelera con la eólica marina. España, en cambio, sigue en el andén, perdiendo un tiempo precioso. El futuro no espera: el tren del viento no se toma a paso de tortuga.
La escena de Trump, el rey de la marcha atrás, defendiendo el carbón y el gas, aplaudido por las grandes figuras de Silicon Valley —Zuckerberg, Cook, Gates, Altman—, debería indignarnos. No es solo la imagen de un líder caduco: es la prueba de cómo grandes poderes económicos se someten a una agenda que pertenece al siglo pasado. Y lo más grave es que, con ese retroceso, está hipotecando el futuro de su país: inversiones bloqueadas, empleos perdidos y comunidades enteras sumidas en la incertidumbre.
Trump ha paralizado recientemente el parque eólico Revolution Wind en Nueva Inglaterra, también ha retirado 679 millones de dólares en fondos para puertos, ha congelado permisos y ha subido los aranceles a la eólica hasta el 50 %. Más de 1.000 empleos quedan en el aire y millones de dólares tirados cada semana. Y no lo hace por datos ni por estrategia: su cruzada contra la eólica nació en Escocia, cuando perdió una batalla legal porque un parque marino “arruinaba las vistas” desde su campo de golf. Ese berrinche personal se convirtió en política energética de la primera potencia mundial.
Frente a esa regresión, Europa demuestra que la eólica marina no solo es viable, sino rentable. El Global Offshore Wind Report 2024 lo confirma: cada gigavatio instalado genera 2.500 millones de euros y miles de empleos en astilleros, puertos y mantenimiento. Solo en 2024, 33.000 millones movilizados. Para 2030, casi un 1 % del PIB europeo. Mientras Trump destruye proyectos, Europa crea empleo e industria limpia.
Y China juega en otra liga. Sus fábricas producen la mayoría de turbinas, paneles y baterías del mundo. Sus industrias verdes duplicarán su valor para 2035, sumando 2,1 billones de dólares a su economía. Y mientras en Tiananmen desfilan tanques, su verdadera demostración de fuerza son las turbinas, vehículos eléctricos y paneles que salen cada día de sus fábricas.
¿Y España? Aquí viene lo doloroso. Apenas tenemos eólica marina instalada. El objetivo es llegar a 3 GW en 2030, pero la primera subasta, prometida desde 2022, sigue sin convocarse. Y hay que decirlo con claridad: este retraso es inaceptable. Se ilusionó a un sector entero —y también a Gobierno autonómico y Cabildos— para luego avanzar a paso de tortuga. Así no se construye una transición energética: así se pierde la confianza, se espantan inversiones y se erosiona nuestra credibilidad.

El frenazo de Trump podría ser una oportunidad para Europa. Si EE. UU. se queda atrás, nosotros podemos atraer capital y consolidar liderazgo. Canarias, por su posición estratégica, podría ser una de las grandes ganadoras dentro de la UE. Pero esa oportunidad no se aprovecha con discursos: se aprovecha con decisiones. Hay que convocar la subasta ya, dar certidumbre regulatoria y apostar sin ambages por la eólica flotante.
Gran Canaria lo tiene todo: aguas profundas ideales, un puerto preparado, la PLOCAN como banco de ensayos y el Salto de Chira como batería insular. Con estos activos, podríamos ser una plataforma atlántica de energía limpia, generar empleos locales verdes y diversificar una economía demasiado dependiente del turismo. Pero sin voluntad política, todo quedará en papel mojado.
Y aquí quiero ser claro: no habrá transición energética real en Canarias, ni mucho menos descarbonización, sin eólica marina. El sol y las cubiertas no bastan. Pero las oportunidades no vienen solas: hay que saber aprovecharlas. Y eso exige una actitud proactiva, valentía política y visión de futuro.
La elección es evidente. Trump se aferra a las fósiles y arrastra su país al pasado. China y Europa se disputan el futuro. Y España, con Canarias esperando la subasta, debe decidir dónde quiere estar. El viento sopla fuerte en Europa y en el Atlántico. La pregunta es si desplegaremos las velas o seguiremos en el andén, viendo pasar el tren de la eólica marina. Lo que está en juego son inversiones, empleos y el futuro de toda una generación.
