Blog de Raúl García

domingo 21 / 09 / 2025

No son casos aislados; es un fenómeno global. Como recordaba recientemente The Guardian, Donald Trump llegó a llamar a la ciencia climática “un gran engaño” y “pura mierda”. Esas palabras, lanzadas con desprecio, se multiplican millones de veces en redes sociales gracias a bots y granjas de trolls. Detrás hay algo más serio: alianzas entre industrias de combustibles fósiles y think tanks conservadores que buscan sembrar dudas justo donde se toman las decisiones.


Cuñadismo climático en un taxi

Cuñadismo climático en un taxi

Últimamente me he estado fijando en algo que antes me pasaba inadvertido: cada vez más taxistas en Canarias llevan mangas de protección contra el sol. No es por estética, sino por pura necesidad. El otro día, al coger un taxi en la calle Pío XII, me animé a preguntarle al conductor sobre ello. Ya había visto lo mismo en Arrecife y me picaba la curiosidad.

Empezamos por lo obvio: el sol quema. Hace unas décadas, a nadie se le ocurría cubrirse los brazos para conducir. Hoy, el calor y la radiación se han vuelto tan insoportables que lo que antes parecía exagerado, ahora es sentido común. Estos pequeños gestos revelan un cambio enorme: el clima ya no es un debate lejano, está aquí, dentro del coche, en la piel de quienes pasan horas en la carretera.

La conversación pronto derivó hacia lo que investigan nuestras universidades: biodiversidad amenazada, escenarios futuros, impactos en la salud. Pero lo que me dejó helado no fue nada de eso, sino una confesión del taxista:

—“Usted no sabe a cuántos cuñados tengo que aguantar en el taxi negando el cambio climático… y me tengo que callar, porque, al fin y al cabo, son clientes”.

Ese comentario lo dice todo. Ahí reside el cuñadismo climático: frases hechas, tópicos de sobremesa y opiniones sin datos, que se repiten con una seguridad y un tono chistoso que acaban imponiéndose por agotamiento. El problema no es solo lo que dicen, sino el silencio que provocan. Personas que saben lo que está pasando, que lo sienten cada día, se callan para evitar confrontaciones.

Esta dinámica tiene una consecuencia perversa. Si muestras preocupación real por el cambio climático, te arriesgas a que te acusen de sufrir ecoansiedad. Y la ecoansiedad no es un diagnóstico médico, sino un término acuñado por la extrema derecha para descartar y ridiculizar a quienes, basándose en la ciencia, expresan una preocupación legítima por el calentamiento global. Lo tachan de histeria, de exageración, de "religión del miedo", en un intento de anular cualquier debate serio. Esta es una táctica muy eficaz para ridiculizar una preocupación genuina y reforzar el silencio de quienes la sienten.

Lo que ocurre en un taxi en Canarias no es tan distinto de lo que investigan en otros países. En Portugal, un estudio con miles de comentarios en redes demostró que los mensajes negacionistas reciben más "me gusta" que los que aportan datos. No hacen falta pruebas; basta con sonar contundente. En Suecia, se comprobó que estos grupos negacionistas se mantienen vivos, repitiendo siempre lo mismo con tanta visibilidad que parece que el debate sigue abierto cuando ya no lo está. Y en Estados Unidos, se ha detectado una nueva variante: ya no se niega el cambio climático, se niegan las soluciones. Se ponen en duda las renovables, se exageran los costes, se inventan riesgos. El objetivo es siempre el mismo: frenar el cambio.

Esta burla no es casual; forma parte de una estrategia más amplia que va mucho más allá de un chiste de cuñado. No existe una “ciencia woke”. Lo que existe es una ofensiva ideológica que quiere manipular la ciencia. En Estados Unidos, la administración Trump ha recortado recientemente fondos a agencias científicas como la NOAA y ha presionado a la Smithsonian Institution —la red de museos y centros de investigación más grande del mundo, con sede en Washington— para revisar exposiciones sobre cambio climático, diversidad o esclavitud que consideraba “ideológicas”. En Hungría, Viktor Orbán prohibió los estudios de género en las universidades. Esto no es proteger la ciencia: es censurarla.

Imagen tomada de https://www.template.net/edit-online/432070/donald-trump

No son casos aislados; es un fenómeno global. Como recordaba recientemente The Guardian, Donald Trump llegó a llamar a la ciencia climática “un gran engaño” y “pura mierda”. Esas palabras, lanzadas con desprecio, se multiplican millones de veces en redes sociales gracias a bots y granjas de trolls. Detrás hay algo más serio: alianzas entre industrias de combustibles fósiles y think tanks conservadores que buscan sembrar dudas justo donde se toman las decisiones.

Y por otro lado están los influencers y tiktokers. El único mérito de muchos líderes en redes es tener una gran popularidad, pero eso no los convierte en una fuente fiable de nada. Popularidad y credibilidad no son lo mismo. Su estrategia no es la de informar, sino la de manipular, en el sentido de que buscan intencionadamente influir en la actitud del público para desviarla de un camino ideal, honesto y basado en el conocimiento. ¿Acaso iría usted a consultarle a un influencer sobre su salud? La defensa de la ciencia no es un capricho. Por lo tanto, quienes la atacan a través de la desinformación no pueden considerarse un altavoz fiable, sin importar cuántos seguidores tengan.

La buena noticia es que no estamos indefensos. Hay salidas claras. Regular mejor el espacio digital, como ya hace la Unión Europea, para cortar el grifo de la desinformación.  Y, sobre todo, exigir a las grandes plataformas tecnológicas mayor transparencia y responsabilidad sobre los algoritmos que deciden qué contenidos se amplifican y cuáles no. Y, sobre todo, apostar de verdad por la educación climática: formar ciudadanos capaces de detectar bulos y desmontar falacias antes de que se conviertan en "verdades" repetidas.

El silencio del taxista frente al cliente negacionista es un espejo de nuestra sociedad. La ciencia no necesita ser defendida porque esté equivocada, sino porque está siendo atacada. Y defenderla no es un capricho; es proteger la democracia y el futuro. Frente al cuñadismo climático, no toca callarse. Toca regular, transparentar y educar para que sea el conocimiento —y no la desinformación— lo que marque el rumbo de lo que viene.

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