Ayer por la tarde vi el Mago del Kremlin, la adaptación cinematográfica de la novela de Giuliano da Empoli. Me llamó especialmente la atención porque ahora mismo estoy leyendo del mismo autor Los Ingenieros del Caos, cuya lectura me recomendó Rafael Robaina.
El libro de Empoli analiza cómo los estrategas políticos contemporáneos han aprendido a manipular emociones, algoritmos y narrativas para conquistar el poder. Y, en cierto modo, la película funciona como una especie de espejo narrativo de esas ideas.
Dirigida por Olivier Assayas y con Jude Law interpretando a Vladimir Putin, la historia se centra en la Rusia posterior al colapso soviético y en la figura del “mago”, el estratega que comprende que la política moderna es, ante todo, construcción de relato, espectáculo y control simbólico del poder.
Mientras veía la película no podía evitar pensar en el trabajo de Emmanuel Carrère, co-guionista y uno de los grandes novelistas europeos contemporáneos. Su extraordinario libro Limonov es probablemente uno de los retratos más fascinantes y complejos de la Rusia soviética y postsoviética. A través de la vida desmesurada de Eduard Limonov, Carrère logra contar también la historia de un país que atraviesa el derrumbe de un imperio y la búsqueda de una nueva identidad.
Carrère, además, es hijo de Hélène Carrère d'Encausse, una de las grandes especialistas en la historia de la URSS. Para quien quiera entender mejor las raíces históricas de ese mundo que se derrumba en los años noventa, sigue siendo muy recomendable su ensayo Seis Años que cambiaron el Mundo, donde describe muchas de las tensiones internas que acabarían llevando al colapso de la Unión Soviética.
El núcleo del relato de El mago del Kremlin es profundamente maquiavélico: tras el desmoronamiento soviético aparece un vacío de poder, un país humillado, caótico y dominado por oligarcas y medios salvajes. En ese contexto surge la idea de reconstruir el poder no tanto desde la ideología, sino desde el control del relato público. Putin aparece así como el producto de una arquitectura política diseñada para restaurar autoridad, orden y orgullo nacional.
Más que una simple película política, la historia plantea algo inquietante: hasta qué punto la política contemporánea —en Rusia, pero también en muchas democracias— se ha convertido en un laboratorio de ingeniería emocional donde los ciudadanos pasan a ser espectadores de una narrativa cuidadosamente dirigida. Y en ese sentido conecta perfectamente con la tesis central de Los ingenieros del caos: el poder del siglo XXI se construye menos en los parlamentos que en la gestión de los relatos.
