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Publicado en el Canarias7 el 26/3/2026
Las guerras en Oriente Medio rara vez se explican solo por el estruendo de los titulares. Desde hace décadas, esa región es el epicentro de los puntos más sensibles del engranaje energético mundial, y cada escalada militar proyecta una sombra que llega mucho más allá de sus fronteras. La tensión actual -con Irán, el Líbano y el estrecho de Ormuz en el ojo del huracán- vuelve a ponernos frente al espejo de nuestra propia fragilidad: la estabilidad de la economía global sigue encadenada a un puñado de pasillos marítimos.
No es, desde luego, la primera vez que tropezamos con esta piedra. Ya en 1991, la Guerra del Golfo sentenció que el control del crudo y de sus rutas de transporte es el verdadero motor de la alta política internacional. Aquella intervención se nos vendió como una cruzada por la legalidad tras la invasión de Kuwait, pero esa apelación al derecho fue, en gran medida, puro maquillaje. Como tantas otras veces, las reglas del juego internacional se invocaron mientras servían a los intereses de las potencias y se desecharon cuando dejaron de ser útiles. Más allá de la retórica, el conflicto desnudó una realidad cruda: el Golfo Pérsico era —y sigue siendo— una pieza clave del tablero económico.
Ese uso selectivo de la legalidad no ha muerto; simplemente se ha quitado la máscara. Lo que antes se envolvía en consensos multilaterales, hoy se nos presenta con una crudeza descarnada. Las intervenciones actuales ya ni siquiera se molestan en sostener la ficción de un orden compartido; responden, sin más, a decisiones de poder puro y duro.

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Sin embargo, lo que vivimos hoy no es una simple repetición del pasado, sino su versión más extrema. Señalaba el filósofo alemán Hegel en sus Lecciones sobre la filosofía de la historia que existen momentos en los que las tensiones acumuladas hacen que el mundo se vuelva “maduro para el cambio”. Son esas fases críticas donde el viejo orden ha dejado de funcionar, pero el nuevo todavía es un borrador borroso. Es justo ahí cuando las decisiones políticas, lejos de calmar las aguas, suelen volver el sistema mucho más imprevisible y peligroso.
En este tablero, las recientes intervenciones militares arrastran un rasgo inquietante: son cada vez más unilaterales y viven de espaldas a cualquier consenso social. La guerra ya no se entiende como el último recurso tras agotar la diplomacia, sino como una herramienta táctica más en un entorno donde la fuerza bruta pesa más que las reglas escritas.
El estrecho de Ormuz es el síntoma más evidente de esta enfermedad. Por ese cuello de botella circula una quinta parte del petróleo del mundo. Cualquier chispa en esa ruta incendia de inmediato el precio del crudo y dispara una presión inflacionaria que viaja a una velocidad de ciencia ficción. Lo que ocurre en ese rincón del mapa se siente en nuestras carteras con una inmediatez demoledora.
La historia, como bien advertía también Hegel, no avanza en línea recta. Las acciones de los gobiernos suelen disparar efectos secundarios que desbordan cualquier plan inicial. Las guerras que se venden como soluciones terminan siendo fábricas de inestabilidad. Esa lógica perversa es la que domina Oriente Medio, donde cada intervención solo ha servido para multiplicar los incendios en lugar de apagarlos.
Europa, por su dependencia exterior, es el flanco más vulnerable de este escenario. Pero dentro del continente hay territorios que sufren este impacto de forma mucho más descarnada. Canarias es el ejemplo perfecto.
Como archipiélago ultraperiférico, nuestras islas son rehenes de los combustibles fósiles importados. Aquí, cada subida del petróleo es un golpe directo al mentón: sube la luz, sube el transporte y sube el precio de los productos más básicos. En un territorio donde casi todo llega por mar o aire, el coste de la energía es el coste de la vida misma. Este escenario nos devuelve a una lógica que creíamos haber dejado atrás: la de ser espacios dependientes de decisiones lejanas, sometidos a espacios de poder donde no tenemos voz. No es un regreso literal al feudalismo, pero sí una vulnerabilidad estructural que nos roba la autonomía real.
Las tensiones de hoy deben ser una bofetada de realidad. Canarias no puede detener la geopolítica mundial, pero sí puede blindarse. Y eso exige rapidez para proteger a nuestra gente. Reforzar las compensaciones al transporte de mercancías es urgente para que el encarecimiento del combustible no se coma la economía de las familias. Ajustar la fiscalidad de los hidrocarburos para el transporte o la agricultura no es una opción, es un salvavidas para sectores esenciales. Y, por supuesto, en plena marejada de precios, hay que vigilar con lupa la especulación para que nadie haga agosto a costa de los costes reales.
A esto hay que sumar la protección de nuestra conectividad. Canarias vive de sus alas y sus barcos. Permitir la subida de tasas aeroportuarias prevista es una temeridad; lo que toca es plantear reducciones temporales mientras dure este incendio inflacionario para proteger nuestra competitividad turística y el derecho de los canarios a desplazarse.
Pero no nos engañemos: nada de esto servirá si no atacamos la raíz del problema. Cada crisis en el Golfo es un recordatorio de que nuestra dependencia energética es nuestra mayor debilidad. Canarias tiene recursos renovables de sobra para romper esas cadenas, pero el sistema actual es un embudo que no permite aprovecharlos. Hoy perdemos energía limpia simplemente porque no somos capaces de integrarla en la red.
La clave está en el almacenamiento. Sin sistemas para guardar la energía cuando sobra y soltarla cuando hace falta, nuestro potencial seguirá teniendo un techo de cristal técnico. Invertir en almacenamiento no es solo una apuesta tecnológica; es una decisión estratégica ganar soberanía, estabilidad y empleo en un mundo convulso.
Hace pocos días pude comprobarlo en la Comunidad Energética de El Goro junto al presidente del Cabildo. Allí se ve que la transición no es teoría, sino una realidad palpable. Es un proyecto de la sociedad civil donde las renovables y la gestión inteligente se ponen al servicio de la gente. Es el espejo en el que Canarias debe mirarse para construir sus propias soluciones.
Pero para que esta revolución cuaje hace falta voluntad y, sobre todo, recursos. Ahora más que nunca es vital prorrogar los fondos europeos para la transición energética. La inestabilidad global no justifica recortes; los hace inadmisibles. Perder inversiones estratégicas —como se ha alertado en el caso de Gran Canaria— o seguir a paso de tortuga con la eólica marina mientras otros corren es un lujo que no nos podemos permitir.
Podemos confiar, como Hegel, en que estas crisis desemboquen, con el tiempo, en un orden más racional. O podemos creer, como creyó el pensador norteamericano Francis Fukuyama, que el mundo tiende por inercia hacia la estabilidad. Pero la realidad nos dice lo contrario: vamos hacia un planeta más fragmentado y con menos reglas.
Canarias no puede esperar a que esa “astucia de la razón” hegeliana nos salve. No podemos confiar en que el sistema global se arregle solo por arte de magia. Nos toca hacer nuestra tarea: reducir la dependencia, acelerar las renovables y exprimir los fondos europeos para ganar resiliencia. No es solo una opción política; es la única forma de dejar de ser náufragos de conflictos que no decidimos, pero que marcan nuestro día a día.
