La identidad reaparece constantemente, ya sea en el apego al territorio, en causas ambientales, en comunidades digitales, en movimientos culturales o en formas renovadas de religiosidad. No somos menos identitarios que antes; probablemente lo somos más que nunca, pero nuestras identidades actuales son múltiples, inestables y fragmentadas.
Por eso interpelamos directamente al Gobierno central y a la ministra. Pedimos sensibilidad con un territorio ultraperiférico que ha demostrado compromiso real con las renovables y con las energías limpias. Estos proyectos no solo reducen emisiones; generan actividad empresarial, activan instaladores e ingenierías, fortalecen proveedores locales y crean empleo que se queda en las islas.
El núcleo del relato de El mago del Kremlin es profundamente maquiavélico: tras el desmoronamiento soviético aparece un vacío de poder, un país humillado, caótico y dominado por oligarcas y medios salvajes. En ese contexto surge la idea de reconstruir el poder no tanto desde la ideología, sino desde el control del relato público.
Se trata de dignificar barrios enteros, de invertir donde durante años se invirtió menos, de cuidar el espacio público que no sale en las postales y de evitar que determinadas zonas se conviertan exclusivamente en producto inmobiliario o turístico.
No he sido nunca un gran fan del anime, pero esta historia me atrapó desde el principio. Combina aventura, música y un mundo visual muy sugerente.
La idea que defienden Sharot y Sunstein parece inquietante por lo reconocible que es: cuando las normas democráticas se vulneran poco a poco, sin grandes explosiones ni consecuencias claras, tendemos a acostumbrarnos. A dejar de reaccionar. A bajar el listón de lo que consideramos “aceptable”. Lo intolerable se vuelve rutina. ¿Hace cuánto dejamos de esperar dimisiones? ¿Hace cuánto que un escándalo no provoca una reforma legislativa seria? ¿Cuándo empezamos a asumir que, al final, nada cambia?