Blog de Raúl García

domingo 12 / 07 / 2026

Quizá haya llegado el momento de que Canarias cuente también con una estrategia propia de electrificación, complementaria a sus objetivos de renovables y descarbonización. Una estrategia capaz de fijar metas concretas para el transporte, el turismo, el agua, la industria y las administraciones públicas.


Darle al interruptor: por qué el futuro de Canarias ya no depende solo de las renovables, sino de la electrificación

Darle al interruptor: por qué el futuro de Canarias ya no depende solo de las renovables, sino de la electrificación


Imagen destacada: Pierre5018, CC BY 4.0 https://creativecommons.org/licenses/by/4.0, via Wikimedia Commons

Publicado en el Canarias7 el 30 de junio de 2026

Hace unas semanas leía que la Comisión Europea está trabajando en una Estrategia de Electrificación. Me llamó la atención porque llevamos años hablando de renovables, almacenamiento, eficiencia energética o movilidad sostenible, pero apenas hemos hablado de electrificación. Y, sin embargo, todo apunta a que será el concepto que definirá la próxima gran etapa de la transición energética europea.
Para entenderlo, basta con imaginar un amanecer cualquiera en Gran Canaria. Una guagua arranca en cocheras para iniciar su ruta. Un hotel de Maspalomas pone en marcha cocinas, lavanderías, sistemas de climatización y piscinas para atender a cientos de visitantes. Una desaladora produce miles de metros cúbicos de agua para hogares, empresas y explotaciones agrícolas. Decenas de camiones salen a distribuir mercancías y miles de trabajadores se desplazan a sus puestos de trabajo.
A simple vista parecen actividades completamente distintas. Sin embargo, todas comparten un mismo denominador común: consumen energía. La pregunta es cuál.
Durante décadas la respuesta ha sido prácticamente siempre la misma: petróleo. Petróleo para mover vehículos, transportar mercancías, producir calor y sostener buena parte de nuestra actividad económica. Esa dependencia constituye nuestro principal talón de Aquiles. Cada crisis internacional termina recordándonoslo. Cuando aumenta el precio del crudo se encarecen los transportes, aumentan los costes empresariales, sube el coste de la vida y se reduce la competitividad de nuestra economía.
Pero la dependencia del petróleo tiene un segundo coste del que se habla mucho menos. Cada litro de combustible que llega a Canarias supone una salida constante de riqueza hacia el exterior. Cada año destinamos cientos de millones de euros a importar energía que no genera empleo, innovación ni actividad económica en nuestras islas. Por eso la dependencia energética no es únicamente un problema ambiental; es también un problema económico. Reducir esa dependencia significa fortalecer nuestra economía.
No es casualidad que Europa haya situado ahora la electrificación en el centro del debate. Ya no se trata únicamente de una política climática. Es también una política industrial, una política de competitividad y una política de autonomía estratégica. Tras dos décadas centradas en aumentar la generación renovable, Europa ha comprendido que el siguiente desafío ya no está en cómo producimos la electricidad, sino en cómo la utilizamos. La primera revolución consistió en cambiar la forma de generar electricidad; la segunda consistirá en cambiar la forma de consumirla.
Durante años hemos medido el progreso observando cuántos megavatios renovables instalábamos. Hemos celebrado cada nuevo parque eólico, cada planta fotovoltaica y cada incremento de la generación limpia. Pero la pregunta que realmente deberíamos empezar a hacernos es otra: ¿qué porcentaje de nuestra economía funciona ya con electricidad?
Porque una isla puede producir una parte creciente de su electricidad con fuentes renovables y seguir siendo profundamente dependiente del petróleo. La transición energética no culmina cuando producimos electricidad limpia. Culmina cuando utilizamos esa electricidad para sustituir combustibles fósiles.
En realidad, la electrificación es algo muy sencillo de explicar. Durante más de un siglo, la prosperidad económica se construyó quemando cosas: primero carbón, después petróleo y más tarde gas. La electrificación supone un cambio radical de paradigma. Ya no se trata de quemar, sino de enchufar. Enchufar el coche, enchufar la guagua, enchufar la climatización de un hotel, enchufar una desaladora, enchufar una industria, enchufar aquellos servicios que durante décadas dependieron de combustibles fósiles y conseguir que funcionen gracias a electricidad producida cada vez más a partir de fuentes renovables. En el fondo, de lo que estamos hablando es de algo tan simple y tan revolucionario como pasar del “depósito” al “enchufe”. Y ese cambio tiene una relevancia especial en Canarias.
El transporte terrestre es, con diferencia, el mayor consumidor de energía de la isla. A él se suman el turismo, el ciclo integral del agua y buena parte de la actividad portuaria y aeroportuaria, ámbitos donde la dependencia de los combustibles fósiles sigue siendo muy elevada.
Este último aspecto merece una reflexión específica. En Canarias no dependemos de la energía únicamente para mover vehículos o mantener activa la economía. Dependemos de la energía para producir agua. Por eso la electrificación no es solamente una política energética; es también una política de seguridad hídrica. Cada avance que logremos en electrificar y alimentar con renovables el ciclo del agua reforzará simultáneamente nuestra autonomía energética y nuestra resiliencia frente a la escasez de recursos hídricos.
Ahora bien, sería un error interpretar que la electrificación resta importancia a las energías renovables. Ocurre exactamente lo contrario: la multiplica. Cuanto más electrifiquemos nuestra economía, más electricidad necesitaremos producir.
Por eso Canarias debe seguir desplegando renovables con decisión. Debemos continuar ampliando el autoconsumo y la generación distribuida, aprovechar mejor los espacios ya transformados, seguir desarrollando la eólica terrestre y abrir definitivamente el debate sobre el enorme potencial de la eólica marina flotante. Del mismo modo, debemos mantener una apuesta firme por la geotermia profunda, que podría convertirse en un recurso estratégico si las campañas de exploración confirman la existencia de un recurso aprovechable.

Imagen: Southend-on-Sea Borough Council, UK, CC0, via Wikimedia Commons

Junto a ello necesitaremos más almacenamiento. Infraestructuras estratégicas como el Salto de Chira dejan de ser únicamente un proyecto energético para convertirse en una pieza esencial del nuevo modelo económico. Si queremos que el transporte, los hoteles, la industria o las desaladoras funcionen con electricidad renovable, tendremos que ser capaces de almacenarla cuando sobra y utilizarla cuando hace falta. A ello habrá que sumar baterías, redes inteligentes y una gestión mucho más flexible de la demanda.
La buena noticia es que ya no hablamos de tecnologías experimentales. Los vehículos eléctricos, las bombas de calor, las baterías, las comunidades energéticas o las redes inteligentes ya forman parte del presente. El reto ya no es tecnológico. Es político, económico y de planificación.
Y también es una oportunidad para democratizar la energía. La generación distribuida, el autoconsumo y las comunidades energéticas permiten que barrios, municipios, empresas y ciudadanos participen de forma mucho más activa en el sistema energético. La energía deja de producirse únicamente lejos de donde se consume y comienza a integrarse en el propio territorio.
Por todo ello, creo que ha llegado el momento de incorporar un nuevo indicador al debate público. Igual que hoy conocemos cuánta potencia renovable instalamos o cuántas emisiones evitamos, dentro de pocos años deberíamos saber cuál es la tasa de electrificación de Canarias. Es decir, qué parte de nuestra economía funciona ya con electricidad y qué parte sigue dependiendo del petróleo.
Deberíamos preguntarnos cada año qué porcentaje del transporte funciona ya con electricidad, qué parte del sector turístico ha sustituido combustibles fósiles por electricidad renovable, qué porcentaje del agua producida en Canarias depende ya de energías limpias y cuánto petróleo hemos dejado de importar gracias a la electrificación de nuestra economía. Ese será el indicador que realmente nos dirá si estamos transformando nuestro modelo energético o simplemente cambiando la forma de producir electricidad.
Quizá haya llegado el momento de que Canarias cuente también con una estrategia propia de electrificación, complementaria a sus objetivos de renovables y descarbonización. Una estrategia capaz de fijar metas concretas para el transporte, el turismo, el agua, la industria y las administraciones públicas.
Durante esta década y la próxima tendremos que seguir desplegando las renovables, impulsar la eólica marina, explorar el potencial de la geotermia profunda, desarrollar el almacenamiento y culminar proyectos estratégicos como el Salto de Chira. Pero, sobre todo, tendremos que conseguir que esa electricidad llegue a los coches, a los hoteles, a las desaladoras, a las industrias y a los servicios públicos.
Quizá dentro de unos años volvamos a imaginar aquella mañana cualquiera en Gran Canaria. La guagua seguirá saliendo de cochera, el hotel volverá a preparar desayunos y la desaladora continuará produciendo agua. La diferencia será que buena parte de esas actividades ya no dependerán del petróleo que llega en un barco, sino de la electricidad que producimos aquí, con nuestro sol, nuestro viento y, ojalá, también con nuestra geotermia.
Ese día comprenderemos que la verdadera revolución no consistía únicamente en producir más electricidad renovable, sino en conseguir que toda una economía empezara, literalmente, a funcionar dándole al interruptor.

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